La creación de la Academia Diplomática “Antonio J. Quevedo”: del dicho al hecho 

 Por Jaime Marchán

I

A fines de 1986, encontrándome en funciones en nuestra Embajada ante la Casa Blanca, tuve a honra ser designado Subsecretario Administrativo por el Canciller Edgar Terán Terán. Mi primera propuesta de trabajo, que él aceptó con el mayor entusiasmo, fue emprender acciones conducentes a la creación de la Academia Diplomática. La idea de crear un Alma Máter dentro de la institución, destinada a la formación y capacitación de nuestros diplomáticos, era una vieja aspiración compartida por la gran mayoría de funcionarios de la Cancillería.  Algunos de ellos, al igual que yo, habíamos elaborado las líneas maestras sobre las cuales edificar este ambicioso proyecto.

Era indispensable pasar a la acción. La primera consistía en articular las diferentes propuestas para trabajar sobre un proyecto unificado. A las pocas semanas de haber iniciado estas tareas, el Canciller Terán renunció, siendo reemplazado por el Embajador Rafael García Velasco, a quien le puse al tanto del proyecto. El nuevo Ministro lo acogió con renovado entusiasmo y me encargó realizar las gestiones conducentes a su cristalización. Me ocupé enseguida de establecer y liderar el Grupo de Trabajo encargado de elaborar un texto unificado sobre la base de las diversas propuestas existentes. Pero, antes, había que vencer un escollo mayor. Todas las tentativas anteriores para establecer una Academia Diplomática habían tropezado con la tenaz y activa oposición de las Escuelas e Institutos de Diplomacia y Derecho Internacional de la Costa y de la Sierra. El principal argumento, prima facie, de estos centros era —y no les faltaba razón— que ninguna entidad distinta a las universidades tenía competencia legal para formar internacionalistas y otorgar títulos académicos en diplomacia y materias conexas.

A fin de abatir este obstáculo, resolví enfrentar el toro por los cuernos e invité a mi despacho a los directores de dichos institutos. En el curso de tales reuniones, al principio tensas, expliqué que la Academia Diplomática se establecería en la Cancillería, no como un instituto autónomo adscrito a ella, sino como una «Dirección de Capacitación interna», en cumplimiento de la obligación de toda entidad pública, y más aún de un Servicio Exterior profesional, de capacitar en forma permanente a su personal. Señalé que la Cancillería reconocía y respetaba la competencia de los centros universitarios para dictar cursos y emitir títulos académicos en relaciones internacionales y materias afines, pero que la profesión de diplomático sólo podía moldearse, como era lógico, en el ejercicio práctico de la diplomacia. Precisé, finalmente, que el establecimiento de una Academia Diplomática en la Cancillería no iba en contra de los centros e institutos universitarios, sino que, por el contrario, abría una puerta de ingreso al Servicio Exterior para todos los ciudadanos que quisieran optar por la Carrera y, preferentemente, para los egresados y titulados de los referidos centros de educación superior.

Tras estas explicaciones, los rectores aceptaron deponer su oposición formal al establecimiento de la Academia Diplomática, lo que despejó el camino para proseguir con los trámites. Así, en abril de 1987, convoqué al Grupo de Trabajo para elaborar los textos de la Exposición de Motivos, del Decreto Ejecutivo de Creación de la Academia Diplomática y del Reglamento Orgánico Funcional. Contábamos para ello con los aportes de varios funcionarios (algunos habían presentado al Canciller García Velasco sus propuestas) y con una amplia compilación de instrumentos de otras Academias Diplomáticas, especialmente del ámbito latinoamericano.

Durante muchos días y noches se trabajó en la elaboración de los textos a ser sometidos a la aprobación del Canciller y del Presidente de la República. El tiempo se deslizaba como en un reloj de arena. La noche del martes 21 de abril de 1987, víspera del plazo fijado para la presentación de los textos definitivos, me reuní en casa con Roberto Ponce Alvarado para pulir la versión final. Fueron horas intensas y gratificantes, pues a medida que repasábamos línea a línea el proyecto, calibrando cada una de las palabras, veíamos emerger en la pantalla del ordenador la figura de lo que sería la Academia Diplomática.

Al día siguiente, acompañado por el Grupo de Trabajo y por el Director Nacional de Personal, abogado Ramiro Dávila, entregué al Canciller García Velasco los textos finales. Hecho esto, por encargó del Ministro, el miércoles 29 de abril, acompañado por Byron Morejón, Roberto Ponce y Fernando Ribadeneira —Jefe Civil de la Casa Presidencial—, me entrevisté con el doctor Iñiguez, Asesor Jurídico de la Presidencia de la República, para hacerle una presentación completa de los textos de creación de la Academia Diplomática que el Canciller sometería a la firma del Jefe de Estado.

Efectivamente, un mes más tarde el Presidente Ing. León Febres Cordero los suscribió en el Palacio de Carondelet. Era el 21 de mayo 1987. La Academia Diplomática había nacido. Al anunciar el hecho a la prensa, el Canciller Rafael García Velasco expresó, inter alia, lo siguiente: «Se trata de un logro que me permito calificarlo de histórico, de enorme trascendencia para el Servicio Exterior ecuatoriano, que le permitirá perfeccionar su trabajo cotidiano, como es el de reafirmar y proyectar los fundamentos de la identidad nacional y los objetivos permanentes de la República en el ámbito internacional»

La opinión pública saludó con beneplácito el establecimiento de la Academia Diplomática. El editorial de El Comercio, de 29 de mayo de 1987, señaló que es «de sumo interés para el Ecuador que sus diplomáticos, en todos los niveles, demuestren un alto grado de aptitud por consideraciones obvias. No es aceptable que ese ministerio se convierta en alojamiento de políticos o de elementos improvisados (…). Desde hace varios años se venía reclamando el funcionamiento de un instituto de esta índole que permita a la Cancillería ecuatoriana, como ocurre en otros países, perfeccionar los conocimientos indispensables para el mejor cumplimiento de su misión específica (…). La flamante Academia esta llamada a llenar un vacío notorio que evitará las improvisaciones que más bien son perjudiciales para el país que requiere de una diplomacia de alta calidad».

Por su parte, el diario Hoy, en un artículo publicado el 31 de ese mismo mes y año, tras reconocer el acierto de esta creación, señaló «que la Academia Diplomática será, sin duda, el órgano más adecuado para dilucidar la idoneidad de quienes aspiran a incorporarse al Servicio, tanto con respecto al concurso de admisión (…), cuanto en la selección final al cabo de un año completo de estudios». Y, más adelante, precisaba: «La Academia no otorgará título alguno, puesto que ello no le compete, y sus labores estarán centradas en actividades de gran especificidad profesional (…). La Academia de Capacitación Diplomática es una de esas creaciones que, sin mayores alardes, de manera austera y consecuentemente, no busca efectos inmediatistas, puesto que su objetivo apunta al futuro y está comprometido con los intereses esenciales de la nacionalidad ecuatoriana».

Pocos días más tarde, el diario El Mercurio, en un artículo de Arturo Jaramillo V., señalaba, entre otras cosas, lo siguiente: «Una gran responsabilidad le otorga el decreto a la Academia Diplomática, organismo que administrará el concurso público. a escala nacional, para el ingreso de 15 Terceros Secretarios al curso anual de preparación para la carrera diplomática. Hemos dicho ya que el personal de la Cancillería debe ser sobre todo experimentado, eficiente, patriota, pluralista en el amplio sentido del término, no colocado allí con ‘cuota política’, ni que sobrepase la establecida por las propias leyes del Servicio Exterior (…). Los gobiernos son transitorios, pero más permanentes son los intereses ecuatorianos en el concierto internacional».

El escritor Mario Chaves Chaves, en un nuevo artículo publicado por esas mismas fechas, manifestó lo siguiente: «Hay que desvirtuar, por otro lado, la idea de que los diplomáticos son entes privilegiados que transitan por senderos floridos: todo lo contrario, su labor silenciosa y delicada demanda esfuerzos constantes y consciente dedicación a los estudios. Implica una severa instrucción que, impartida por los centros de especialización universitaria, se complementan con la sólida y práctica capacitación que habrá de conferirla justamente la Academia».

Y Diego Oquendo, en el programa ‘Buenos Días” de Radio Visión’, edición de 25 de mayo. de 1987, destacó lo siguiente: «(…) la iniciativa de crear una Academia Diplomática en nuestro país para los miembros que ingresan al Servicio Exterior por la Sexta Categoría y para el perfeccionamiento profesional de los actuales funcionarios y empleados de la Cancillería, constituye una noticia de primerísima categoría. El Ecuador pues, venía siendo uno de los pocos países en América Latina y probablemente en el mundo que no tiene una Academia Diplomática (…). El objetivo que persigue dicha Academia no implica en forma alguna duplicar esfuerzos ni invadir competencias de otros centros académicos. En efecto, la Academia de Capacitación Diplomática no otorgará títulos académicos, siendo más bien su finalidad colaborar con la Escuela de Ciencias Internacionales de la Universidad Central y con el Instituto de Diplomacia de Guayaquil en tareas de investigación, organización de seminarios y conferencias sobre temas de interés internacional”.

Con estos buenos augurios, el martes 16 de junio de 1987 solicité una entrevista con el Ministro de Finanzas para hacerle una presentación detallada de la Academia Diplomática, así como de los requerimientos económicos para su cabal funcionamiento. Fui recibido en el despacho por el Ministro Eduardo Cabezas Molina, quien, tras conocer los pormenores de la reciente creación, dio su entusiasta aprobación para incluir en el presupuesto general de la Cancillería las partidas necesarias —incluyendo 15 de Terceros Secretarios— para el funcionamiento de la Academia Diplomática. Fue una coincidencia afortunada y un factor determinante que un distinguido miembro del Servicio Exterior y académico de prestigio, como Eduardo, estuviera al frente de la Cartera de Finanzas en esa crucial coyuntura.

Mediante Acuerdo Ministerial Nº 279, de 26 de junio de 1987, el Canciller Rafael García Velasco expidió el Reglamento Orgánico Funcional de la Academia Diplomática, compuesto por 78 artículos y una Disposición Transitoria. La norma transitoria establecía que «Hasta que la Academia inaugure sus actividades el 5 de octubre de 1987, la Subsecretaría Administrativa del Ministerio de Relaciones Exteriores asumirá, en lo que fuere pertinente, las funciones asignadas a los órganos enumerados en el Artículo 11 del Reglamento Orgánico Funcional de la Academia». En el referido instrumento quedó definido, además, que la Academia Diplomática es la «Dirección General» 13 del Ministerio de Relaciones Exteriores destinada a capacitar profesionalmente a los miembros del Servicio Exterior de la República que ingresen por concurso público a la sexta categoría para su confirmación en la carrera diplomática. El Reglamento contemplaba, asimismo, la realización de los siguientes cursos: a) De formación profesional; b) De actualización; c) De estudios diplomáticos superiores; d) De entrenamiento y perfeccionamiento; y e) Especiales.

Firmado el instrumento constitutivo, nos abocamos de inmediato a elaborar la planta directiva y docente. Este proceso tampoco estuvo exento de tropiezos, esta vez en el ámbito político. Desde un principio, el Canciller García Velasco y yo tuvimos claro que la Academia Diplomática, como centro de formación y pensamiento, debía estar alejada de toda influencia partidista. Como entidad académica, debía gozar de la indispensable libertad intelectual para acometer, con objetividad y espíritu crítico, la compleja tarea de formar y capacitar a los funcionarios diplomáticos en el amplio espectro de las relaciones internacionales, incluyendo la pluralidad ideológica y la diversidad de pensamiento que configura la realidad empírica del mundo. Bajo esa premisa, la Academia Diplomática debía estar dirigida por los diplomáticos más capacitados, y los profesores ser seleccionados de entre los mejores catedráticos del país. En consonancia con esta idea, el Artículo 9 del Decreto de Creación de la Academia Diplomática establecía que «El Director General de la Academia será nombrado por el Ministro de Relaciones Exteriores de entre los funcionarios de carrera del Servicio Exterior pertenecientes a la primera categoría y durará al menos dos años en sus funciones, salvo necesidades del Servicio».

La sugerencia que —como Subsecretario Administrativo y presidente del Grupo de Trabajo— formulé al Ministro para designar al Embajador Mario Alemán Salvador como primer Director General de la Academia fue acogida por él con el mayor entusiasmo. Mario reunía todas las calidades humanas, intelectuales y profesionales para liderar con brillo la flamante Academia. Su mera presencia al frente de la entidad le otorgaba prestigio. Había desempeñado altas funciones en la Cancillería, incluidas las de Secretario General. De ilustre estirpe intelectual, profundas convicciones democráticas y sensibilidad social, Mario fue siempre un referente y un ejemplo de diplomático integral, comprometido con los principios de la política exterior del Estado. En ese momento, Mario se encontraba desempeñando las funciones de Embajador del Ecuador en Paraguay. El viernes 3 de julio de 1987, al recibir por vía telefónica la propuesta que le transmití a nombre del Canciller García Velasco, no dejó de expresarme su extrañeza de que el gobierno conservador del Ing. León Febres Cordero hubiera pensado en él, hombre de izquierdas, para el referido cargo. En sintonía con el Canciller, le respondí que la Academia, como centro de capacitación del servicio exterior profesional, estaría al margen de las tiendas políticas, y que lo mismo ocurriría con la planta docente. En esas condiciones, Mario aceptó el nombramiento, se despidió de las autoridades paraguayas y viajó de inmediato a Quito para asumir sus nuevas funciones.

Entretanto, la lista de profesores de la Academia Diplomática se iba engrosando y enriqueciendo con la nómina de destacadas personalidades, que respondieron con generosidad y apertura intelectual a la invitación de ser parte de la planta docente de la primera Academia Diplomática. El Artículo 23 del Reglamento Orgánico Funcional establecía tres clases de profesores: a) Titulares (designados en tal calidad para impartir cursos en forma regular); b) Alternos (designados para reemplazar a los profesores titulares en caso de ausencia temporal de éstos); y c) Ocasionales (invitados en esa calidad para dictar conferencias, seminarios o dirigir trabajos de investigación sobre determinados temas de su especialidad).17 Los más preclaros internacionalistas, tratadistas, juristas, economistas, geógrafos, negociadores, historiadores, geógrafos, periodistas, escritores, curadores, etcétera, acudieron con entusiasmo a nuestro llamado.

Mas he ahí que cuando todo estaba listo para que la flamante Academia Diplomática abriera sus puertas, grupos sectarios llevaron al Palacio de Carondelet la versión de que la Academia nacía con un tinte de “izquierda”. Y fue así como el Presidente de la República telefoneó al Canciller García Velasco para vetar el nombramiento del Director General de la Academia y el de varios profesores que el régimen juzgó como adversarios políticos. Con un estoicismo y una generosidad de espíritu que sólo reflejaba su profesionalismo y talla intelectual, el Embajador Mario Alemán Salvador y los profesores “vetados” renunciaron de inmediato para salvar a la Academia Diplomática de su extinción.

Fue uno de los momentos más penosos de toda mi carrera. Es una lástima que el Presidente Febres Cordero ensombreciera con ese gesto sectario la honra que indudablemente le cabe y que en justicia se le debe reconocer de haber creado, con visión de estadista, la Academia Diplomática. Con todo, la historia, la verdadera historia de creación de la Academia, debe reconocer a Mario Alemán Salvador (†) como el primer Director General de la Academia Diplomática. De hecho, su designación figura en el Acuerdo Ministerial Nº 00298, de 3 de julio de 1987. Si bien, por las razones antedichas, Mario Alemán hubo de dimitir, brindó a la Academia Diplomática su valioso aporte intelectual como profesor de Política Exterior Ecuatoriana y de Organismos y Conferencias Internacionales. En reemplazo de Mario Alemán fue nombrado Director General de la Academia Diplomático el Embajador César Román González, distinguido funcionario de Carrera, quien estuvo a la altura del enorme desafío en dichas circunstancias. Conturbado por los acontecimientos anteriores, hube, de todas formas, de ocuparme de buscar un local adecuado donde la nueva Academia Diplomática pudiera iniciar sus actividades. Nos habíamos fijado como meta empezar sus actividades en octubre de 1987. El tiempo se venía nuevamente corto y esta circunstancia exigía soluciones rápidas y eficaces, aunque fueran de carácter temporal. Así, sin renunciar a la idea de solicitar la cooperación municipal para la concesión futura de un local idóneo, pedí la cooperación de la AFESE para que nos arrendara el local de propiedad gremial ubicado en la calle Roca 712. Sensible a este requerimiento, el Embajador Edwin Johnson López, a la sazón Presidente de la Asociación, luego de consultar con el Directorio, suscribió con la Cancillería un contrato de alquiler del referido local, autorizando, al propio tiempo, su remodelación – con fondos del Ministerio– para que pudiera servir a los propósitos específicos de la Academia Diplomática.

La tarea de convertir esa vieja y precaria edificación en un local digno, aunque modesto, para el referido propósito corrió a cargo del Arquitecto Carlos Arias, funcionario del Ministerio. Es justo que la Academia Diplomática reconozca los ingentes esfuerzos desplegados por Carlos Arias para levantar allí, en pocas semanas, contra viento y lluvia, un auditorio, tres aulas de clases y las oficinas de la administración. Todo ello lo hizo con exiguos recursos y bajo presión de tiempo, pero con enorme entusiasmo. Cierto es que la primera Academia Diplomática, dado el limitado número de vacantes (apenas 10), pudo haber iniciado sus primeras actividades docentes en un par de oficinas adecuadas como aulas, pero consideré que era fundamental que, desde el principio, nuestra Alma Máter contara, aunque fuera con un modesto local propio para desarrollar su cometido.

Para completar los instrumentos constitutivos de la Academia Diplomática, el Canciller Rafael García Velasco tuvo el acierto de expedir el Acuerdo Ministerial Nº 297, de 3 de julio de 1987, mediante el cual declaró el 21 de mayo de cada año el «Día del Diplomático de Carrera», fecha en que se conmemoraría también el establecimiento de la Academia Diplomática como «un hecho de positivo beneficio para el país y la institución».

Dentro de esta apretada reseña histórica, mención especial merece la concepción del escudo de la Academia Diplomática, el cual fue resultado de un concurso abierto que convoqué en 1987, en mi calidad de Subsecretario Administrativo. El artista triunfador del certamen fue un distinguido funcionario de la Cancillería, el doctor Iñigo Salvador Crespo, quien supo plasmar en el referido emblema el compromiso de nuestra institución con la excelencia académica en la formación de nuestros cuadros de diplomáticos profesionales. En dicho escudo, el cóndor, posado en el eje equinoccial, embraza al Globo, en símbolo de la proyección universal de la política exterior.

Finalmente, es de interés histórico señalar que en dicho Reglamento se estableció, asimismo, el uniforme de los cursantes, símbolo de igualdad, espíritu de cuerpo y compromiso institucional. Conviene anotar que la idea del uniforme no era, en realidad, novedosa. En la consulta telefónica que, al efecto, realicé con José Ayala Lasso, a la sazón Embajador del Ecuador en Lima, me confirmó el uso del uniforme diplomático para los alumnos cursantes de Torre Tagle en la Academia Diplomática del Perú. El uniforme que adoptó nuestra Academia fue similar al de su homóloga peruana.

El siguiente paso consistió en armar el pensum y los correspondientes sílabos, tarea que se cumplió en estrecha coordinación con la planta docente y el Consejo Académico. En la coyuntura actual en que algunos elementos de fuera han cuestionado, injustificadamente, la falta de dedicación de la Academia Diplomática a los temas de comercio y economía, vale la pena recordar que, entre las “materias básicas profesionales” de la primera Academia, figuraban, ya desde el inicio, las cátedras de Política Económica, Comercio Exterior y Problemas Económicos y Sociales del Ecuador; y, entre las “materias prácticas”, las de Negociación Internacional. Tales asignaturas se complementaban con pasantías en las dependencias de la Cancillería a cuyo cargo estaban los temas de Comercio, Política Económica y Negociaciones Internacionales.

El contenido de estas asignaturas comprendía, inter alia, el Nuevo Orden Económico Internacional, la Política Económica y Comercial del Ecuador, el Comercio Exterior Ecuatoriano, el papel de la Diplomacia en la Promoción Comercial Ecuatoriana, la Estructura Económica Ecuatoriana, los Problemas Económicos y Sociales del Ecuador, las Estrategias en la Negociación Internacional en Función de los Objetivos de la Política Exterior, y Ejercicios y Simulacros Prácticos de las Distintas Formas de Negociación. Incluía, además, una materia muy avanzada para esa época: los Derechos Económicos, Sociales y Culturales en el Ecuador.

El 26 de junio de 1987, una vez aprobados los instrumentos constitutivos, reglamentarios y docentes de la Academia Diplomática, en mi calidad de Subsecretario Administrativo convoqué al primer “Concurso Público Anual de Libre Oposición y de Merecimientos para llenar quince (15) plazas de Tercer Secretario”. Es interesante anotar que, en las Bases del Concurso, se incluyó el requisito de presentación de «certificados médico y sicológico, otorgados por el Departamento Médico de la Cancillería». El examen sicológico, «destinado a medir las aptitudes para la carrera diplomática y el coeficiente intelectual» fue tomado por el doctor Ewald Utreras, distinguido sicólogo en ejercicio profesional, contratado para el efecto. El costo de examen fue cubierto por cada aplicante.

De entre los numerosos postulantes que presentaron carpetas y que se sometieron a las pruebas de idiomas y de conocimientos, tan sólo una decena ingresó al Curso de Formación Profesional, de diez meses de duración. La Academia Diplomática, pese a todas las vicisitudes brevemente narradas en líneas anteriores –incluyendo una demanda de inconstitucionalidad presentada a última hora por el CONUEP–, empezó sus actividades docentes el lunes 19 de octubre de 1987. El Presidente León Febres Cordero inauguró oficialmente la sede el jueves 29 de ese mes y año. Luego de aprobar el Curso de Formación de la Academia con un promedio no inferior a 8/10, los aspirantes realizaron pasantías en las dependencias del Ministerio, las cuales estuvieron sujetas también a calificación.

Únicamente los postulantes que aprobaron todo el proceso —es decir, cursos y prácticas— con una calificación promedio no inferior a 32/40 puntos, fueron confirmados, previo dictamen de la Comisión Calificadora del Personal, en riguroso orden de precedencia, como Terceros Secretarios de Carrera en el escalafón del Ministerio de Relaciones Exteriores. Los detractores que lean estas líneas —si las leen— se enterarán de que en la Academia Diplomática jamás cursante alguno ingresó «a dedo», como se atrevió a insinuar maliciosamente uno de ellos (!).

II

En un principio, la Academia Diplomática se creó sin un nombre propio que la identificara. Incluso, en estricto sentido —como ya se mencionó anteriormente— no se llamó «Academia Diplomática», sino «Academia de Capacitación Diplomática», a fin de evitar cualquier resquemor de los centros académicos con competencia para otorgar títulos. El término ‘capacitación’ señalaba a las claras su ámbito institucional. En efecto, en el Artículo 1 del Reglamentos Orgánico Funcional se dejó establecido que la «Academia de Capacitación Diplomática, denominada en adelante Academia, es la Dirección General del Ministerio de Relaciones Exteriores destinada a capacitar procesionalmente a los miembros del Servicio Exterior de la República».

Dos años más tarde, el ilustre Canciller Diego Cordovez Zegers, diplomático de reconocido prestigio nacional e internacional, tuvo la brillante iniciativa de bautizarla con el nombre de «Academia Diplomática Antonio J. Quevedo». Iniciativa oportuna —y necesaria incluso— porque la gran mayoría de Academias Diplomáticas del mundo lleva el nombre de un destacado diplomático o personalidad, nombre que le imprime carácter singular y que sirve de inspiración a los cursantes. Cabe recordar que Antonio J. Quevedo fue uno de los más preclaros diplomáticos ecuatorianos. Entre otros altos cargos, fue Jefe de las Legaciones del Ecuador en Perú, Inglaterra y Francia; Director de Límites de la Cancillería; Subsecretario de Relaciones Exteriores; Ministro de Relaciones Exteriores en dos ocasiones; y Jefe de la Delegación ecuatoriana ante la Liga de las Naciones. Fue, además, el único diplomático en el mundo que presidió los dos foros más altos de la comunidad internacional: el Consejo de la Liga de las Naciones y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El escritor Mario Chaves Chaves, al mencionar en un artículo periodístico, a propósito de la creación de la Academia Diplomática, nombres de ilustres funcionarios diplomáticos “de indiscutible talla intelectual y amplia experiencia profesional”, cita, entre los primeros, precisamente a Antonio J. Quevedo. Y Juan sin Cielo, en un artículo de El Comercio, publicado el 21 de enero de 1987, afirmó que Antonio J. Quevedo «no fue solamente un diplomático, fue “el diplomático”, el epítome y la suma del talento ecuatoriano consagrado a la diplomacia».

Por todo ello es absolutamente injustificable —y me causa vergüenza institucional— que 16 años después de haberse bautizado a la Academia Diplomática con el nombre de tan ilustre personalidad, un Canciller de turno hubiere decidido ‘desbautizar’ a la Academia, mermarla, extirpándole lo que ya era patrimonio suyo: su nombre propio. ¿Cuáles fueron las razones que motivaron semejante ex abrupto? Creo que una explicación válida a esta conducta sería más fácil de encontrar en el terreno de la sicología que en el de la diplomacia. Menos mal que, pasada aquella mala racha, nuestra Academia Diplomática sigue conociéndose, dentro y a fuera del país, con el prestigioso nombre con el que fue bautizada por el ministro Diego Cordovez Zegers, brillante diplomático y mediador de las Naciones Unidas en los conflictos de Chipre y Afganistán.

En cuanto a su sede, como se señaló anteriormente, la primera Academia Diplomática funcionó en la Roca y Páez, ex Departamento Financiero de AFESE. En 1994, se trasladó al Edificio Zurita, situado entre las calles Páez y Carrión. Fue sólo en 2004, bajo la atinada gestión del Embajador Abelardo Posso Serrano, que se concretó la vieja aspiración institucional de contar con un edificio propio que reuniera las condiciones de funcionalidad y representatividad, a la altura de las más reputadas Academias Diplomáticas extranjeras.

Este proceso culminó con la adquisición de la histórica residencia de don Galo Plaza Lasso, ilustre ex presidente de la República y destacado diplomático e internacionalista ecuatoriano. A partir del 1987, año de creación de la Academia Diplomática, se han graduado en ella, hasta la fecha, doce promociones. Los cursantes de la primera promoción que continúan prestando servicios en la el Ministerio son actualmente Ministros de Carrera del Servicio Exterior. Esa primera promoción contó con 10 cursantes. Hasta ahora, la promoción que más cursantes ha tenido es la undécima (2004), con 38.

Desde su establecimiento en 1987, la Academia Diplomática ha tenido un largo proceso de fortalecimiento y consolidación y ha ganado un sitial de prestigio en el ámbito académico-diplomático nacional e internacional. Su excelencia académica es reconocida dentro y fuera del país. No es, pues, extraño que el Tercero Secretario Diego Bassante, cursante de la XII Promoción (2007) de nuestra Academia, ganador del Premio de Mejor Egresado, hubiera obtenido una beca de estudios para el curso regular de la Academia Diplomática Andrés Bello de Chile y que, para honra suya y de nuestra institución, al término de dicho curso —en el que, además de los cursantes chilenos, participaron 14 jóvenes diplomáticos de 13 países— hubiera obtenido el Premio al Mejor Graduado, en ceremonia que contó con la presencia del entonces ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Alejandro Foxley.

III

Encontrándome cerca del término de mis funciones diplomáticas como Embajador del Ecuador en Suiza, en mayo de 2008 recibí del Viceministro José Valencia Amores la honrosa propuesta para ser Director General de la Academia Diplomática. Acepté de inmediato, iniciando mis nuevas funciones el 27 de septiembre de 2008.

Cabe señalar que, a los días pocos de haber asumido mi nuevo cargo, la ex ministra María Isabel Salvador dispuso que esta dejara de depender —en la estructura orgánico-funcional de la Cancillería— del Viceministro de Relaciones Exteriores y que pasara a depender de la Subsecretaría de Desarrollo Interno y Gestión Administrativa y Financiera (!). La medida, según me explicó el Subsecretario Carlos Proaño Romero, era de índole temporal, con el único propósito de poder inyectarle los recursos financieros necesarios para su mayor fortalecimiento. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que, mientras duró la dinámica, aunque breve, gestión del economista Proaño Romero, recibí el máximo y decidido apoyo de su parte.

Luego de la reforma que transfirió a la Cancillería ecuatoriana nuevas competencias en el ámbito del comercio exterior e integración, la Academia Diplomática implementó una serie de acciones, en el ámbito de sus competencias, para fortalecer la capacidad de gestión de los futuros cursantes, priorizando la proyección comercial externa del Ecuador. Ello implicaba, entre otros aspectos, reclutar y dotar de un ‘nuevo perfil’ a los funcionarios que ingresen a la carrera diplomática como resultado del Concurso Público de Libre Oposición y Merecimientos. El objetivo esencial consistió en instrumentar un proceso destinado a seleccionar personal idóneo para el Servicio Exterior y proveerle de las destrezas y herramientas necesarias que le permitan gestionar, con mayor eficacia y sostenibilidad, la política exterior en el ámbito diplomático, comercial y económico.

Bajo estos parámetros, los aspirantes que participaron en la última convocatoria del Concurso se sometieron a un riguroso proceso de selección, que comenzó el 19 de octubre de 2008 y que –según información disponible al cierre de este artículo– debe concluir a fines de abril de 2009. Con un cupo de 58 vacantes, moderno contenido temático y alcance nacional, se trató, sin duda, del proceso de ingreso más amplio que ha convocado la Cancillería desde la creación de la Academia en 1987 y que permitirá reclutar personal calificado para poder enfrentar con mayor eficacia la agenda multi-disciplinaria que demanda la política exterior en un mundo globalizado y altamente competitivo.

Paralelamente al proceso de selección mediante concurso, la Academia Diplomática ha implementado una serie de medidas institucionales y curriculares. Entre las primeras, se planteó al FONSAL – siendo aceptado por éste–, una asesoría para ampliar y dotar de mayor funcionalidad al emblemático edificio donde ésta funciona. Y en lo académico, sin descuidar la formación integral del diplomático, se elaboró un proyecto de pensum basado en las concepciones modernas de la diplomacia económica, siguiendo los lineamientos de las autoridades del Ministerio.

Dentro de esta nueva visión, el Curso de Formación Profesional, destinado a los postulantes que ingresaron en el Concurso público —de ser aprobado por las actuales autoridades—, comprendería las siguientes etapas, a lo largo de dieciocho (18) meses: Un Módulo Básico de Formación Profesional, de nueve (9) meses, divididos en tres (3) trimestres, a tiempo completo; y Tres Módulos de Especialización en: i) Diplomacia Económica, ii) Promoción Comercial y iii) Político-Jurídico Internacional, de un trimestre cada uno, a medio tiempo; el otro medio tiempo, los cursantes realizarán pasantías en las dependencias del Ministerio.

La programación académica abarcaría un contenido de 232, 248 y 232 horas por cada uno de los trimestres. Es del caso señalar que la propuesta de pensum de la Academia refleja un énfasis de alrededor del 75% en materias de diplomacia económica, incluyendo comercio externo y negociaciones económicas internacionales. A ello se sumaría el horario diario destinado al aprendizaje de idiomas extranjeros.

Se ha previsto, asimismo, un amplio programa de actividades complementarias, materia por materia, el cual contempla, inter alia, seminarios, talleres, conferencias magistrales, visitas a empresas y viajes de observación que respondan al concepto de ‘diplomacia de terreno’. Dentro del ámbito de sus funciones, la Academia Diplomática –a no ser que sobrevengan cambios– se ocupara no sólo del Curso de Formación Profesional para los nuevos Terceros Secretarios que ingresan al Servicio Exterior, sino que también seguirá organizando los siguientes Cursos:  a) Actualización, dirigido a los funcionarios del Servicio Exterior para robustecer sus conocimientos, capacidad de análisis y habilidades prácticas que favorezcan una gestión eficiente; b) Capacitación, orientado a elevar el nivel profesional y a mejorar el desempeño de las labores específicas que competen al  personal auxiliar y técnico del Servicio Exterior; c) Especiales, dedicados al personal que, sin pertenecer al Servicio Exterior, fuere designado para cumplir funciones en el exterior; d) Talleres, seminarios y conferencias, orientados a entidades públicas, gremios y organizaciones dela sociedad civil, para divulgar conocimientos, servir de foro académico y promover su capacitación en temas de política exterior; e) Otras actividades académicas destinadas a la formación de los funcionarios del Servicio Exterior; y, f) Capacitación de otras entidades u organismos del Sector Público. Paralelamente, la Academia Diplomática profundizará la capacitación, dentro y fuera del país – a través de programas presenciales o virtuales– para los funcionarios diplomáticos en temas prioritarios de la agenda externa, como el estudio de nuevos socios político-comerciales, negociaciones, relaciones vecina-les, migración, refugiados, derechos humanos, medio ambiente y demás ámbitos de la diplomacia moderna en el contexto regional y global.

Igualmente, incrementará su programa anual de actividades académicas, intercambio y cooperación con el sector público, la sociedad civil y la red de Academias Diplomáticas y entidades internacionales afines. De este modo, la Academia Diplomática Antonio J. Quevedo actuará también como espacio de encuentro para la reflexión, el análisis crítico y el debate académico acerca de los temas más actuales y relevantes de la gestión internacional. Por otro lado, conviene destacar que la inserción de la Academia Diplomática en el «Planex 2007-2010» es un reconocimiento del importante papel que ésta puede cumplir dentro de la ‘Política Cinco’ de alinear la política exterior con la política interna y rendir cuenta a sus ciudadanos.

Para el efecto, la Meta 5.32 ha identificado expresamente la necesidad de «modernizar y promocionar a la Academia Diplomática como un centro especializado del pensamiento y formación de profesionales del Servicio Exterior”, para lo cual “podrá concertar acuerdos con centros de formación superior para capacitar a otros servidores públicos y personas interesadas en temas de política exterior».

En relación con este último tema, la Academia Diplomática, en enero de 2009, propuso al IAEN un proyecto de cooperación académica, según el cual el IAEN reconocería a los cursantes del Curso de Formación de Profesional los créditos respectivos dentro de las maestrías del Instituto, pudiendo completar en el IAEN, de ser el caso, los créditos que les hicieren falta para la obtención del correspondiente título. A su vez, para evitar duplicación de recursos y hacer el máximo uso de las respectivas complementariedades institucionales, los cursantes del IAEN podrían tomar en la Academia Diplomática las materias o cursos específicos que esta dicta en relaciones internacionales (ej. derecho internacional, derechos humanos, migración, solución de controversias, derecho marítimo, aéreo y espacial, relaciones fronterizas, planificación de política exterior, organismos internacionales, geopolítica, cursos prácticos sobre las teorías y tendencias modernas de las relaciones internacionales, nuevos actores internacionales, previsión de escenarios, negociaciones, reingeniería de procesos, técnica de gestión, etcétera).

El IAEN reconocería los créditos académicos respectivos a sus cursantes dentro, asimismo, de las maestrías del Instituto. Personalmente, considero que un proyecto de estas características no sólo se enmarcaría en el Acuerdo de Cooperación Interinstitucional suscrito el 12 de junio pasado (Cláusulas Segunda, Tercera y Sexta), sino también en el «Planex 2007-2010», Programa 5.13. Por otra parte, la Academia Diplomática concluyó, hace varias semanas, la elaboración del proyecto de Reglamento Orgánico Funcional, el cual se encuentra a consideración de las autoridades. Entre los principales objetivos, se señala que la Academia se ocupará de: a) Capacitar en su sede a los funcionarios del Servicio Exterior, de manera que los conocimientos adquiridos en las universidades armonicen con los que son propios de la función y la práctica diplomática; b) Contribuir al mejor conocimiento de la política exterior del Ecuador mediante la cooperación  en materia de capacitación con las universidades, la sociedad civil, y entidades públicas y privadas, para lo cual promoverá el intercambio de experiencias y propuestas sobre temas del acontecer nacional e internacional a través de conferencias, seminarios, talleres y otras actividades académicas; c) Impulsar la investigación y difusión de trabajos que den a conocer el pensamiento del Servicio Exterior; d) Propender al logro de un nivel de excelencia en sus actividades académicas; e) Fomentar las relaciones de cooperación con otras academias diplomáticas, universidades e institutos especializados en asuntos internacionales; y, f) Constituir un espacio académico para reflexión y debate sobre temas de realidad nacional vinculados a las relaciones internacionales y a la política exterior del país.45 En cuanto a los aspectos presupuestarios, como Dirección General de Capacitación del Ministerio, la Academia Diplomática no ha dispuesto nunca de un presupuso autónomo, sino que ha venido funcionado dentro del presupuesto general de la Cancillería. En el POA de 2009, la Academia Diplomática ha previsto requerimientos presupuestarios por 410.000 dólares.

IV

Tuve el privilegio de haber dirigido personalmente el proceso de creación la Academia Diplomática en 1987 y de haberle brindado todo mi apoyo profesional en las tres ocasiones en que he tenido el honor de desempeñarme como número dos de la Cancillería, así como en la etapa en he estado al frente de ella como Director General. A lo largo de 22 años de funcionamiento, la Academia Diplomática Antonio J. Quevedo ha acreditado un indiscutible prestigio nacional e internacional. Ha suscrito cerca de medio centenar de convenios y acuerdos de cooperación académica con otras entidades homólogas (a algunas de ellas les ha brindado asistencia técnica), instituciones ecuatorianas públicas y privadas (incluidas las Fuerzas Armadas, CONUEP, FLACSO, IAEN y FEDEXPOR) y con varios institutos y universidades. Su planta docente se ha enriquecido con el aporte de los más destacados profesores, académicos e intelectuales del país, dentro de un ambiente de libertad de expresión y análisis crítico. En lo internacional, pertenece a las redes regional y mundial de Academias Diplomáticas.

A través de este artículo, agradezco a todos los Directores Generales de la Academia Diplomática que a lo largo de estos años mantuvieron vivo el espíritu y la antorcha de la entidad, a la AFESE y a la Asociación de Diplomáticos de Carrera (ADIP), así como a los compañeros del Ministerio que han compartido conmigo el sueño y la realización de nuestra Alma Máter y que han contribuido con mística y entrega a su engrandecimiento. Deseo consignar un especial reconocimiento a la ayuda leal, eficaz e inteligente de mis distinguidos colaboradores.

V

Tres párrafos finales, a modo de conclusión. Primero: Desde la creación de la Academia Diplomática en 1987, varios colegas me habían pedido que escribiera sobre mi participación directa en el proceso de su concepción y establecimiento. Me había resistido a hacerlo, por considerar que, en realidad, la Academia Diplomática es una obra colectiva que pertenece a nuestro patrimonio institucional y a cuya creación todos y cada uno han contribuido. En efecto, ninguna creación de la Cancillería ecuatoriana ha tenido tantas personas que sienten ser sus ‘autores’, y este hecho demuestra que ella pertenece a la entraña y espíritu de la institución. Sin embargo, al haber sido invitado por Leonardo Carrión –notable ‘cronista’ de la Cancillería-, a través de un interesante artículo suyo publicado en la Revista AFESE, a contar «la experiencia de Jaime Marchán, que dirigió el proceso de estructuración de la Academia Diplomática», me decidí, finalmente, a compartir mis vivencias en este tema de relevancia institucional. Segundo: En la primera entrevista que mantuve con el Canciller Fander Falconí, en mi condición de Presidente del Consejo de Embajadores, me expresó, como Jefe de la Diplomacia y destacado académico, su firme propósito de fortalecer aún más a la Academia. Al cierre de este artículo, formulo mis mejores votos por la permanencia y por el futuro del Alma Máter de nuestra institución, comprometida desde un principio en proyectar la política exterior con ‘sentido ciudadano’.

Y tercero: No deseo concluir sin formular –a través de la Revista AFESE, máxima expresión de nuestro pensamiento gremial–, mi propuesta de designar al Aula Magna de la Academia Diplomática con el nombre de «Rafael García Velasco», el ilustre Canciller bajo cuya brillante gestión esta se creó. Distinguido académico, internacionalista, defensor ardiente y docto de la soberanía ecuatoriana, embajador del Ecuador en varias naciones y dos veces Ministro de Relaciones Exteriores, su trayectoria es paradigma de las más altas virtudes del diplomático. Las instituciones que no honran a sus mejores hombres caen en el síndrome anatópico de ignorar las creaciones del pasado, son entes vacíos, sin memoria histórica, incapaces de proyectar a las nuevas generaciones aquello que los griegos llamaron paideia, es decir, la pedagogía de sus creaciones y de su espíritu.


Datos de interés:

https://www.afese.com/img/revistas/revista50/acadequev.pdf